Responsabilidad Social

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El suceso ocurrido recientemente en un colegio de Monterrey, en donde un jovencito disparó en contra de una maestra y tres alumnos, para después usarla en su contra, nos debe llevar, a toda la sociedad: gobernantes y gobernados, a realizar una profunda y seria reflexión.

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Resultan insuficientes las declaraciones de carácter sentimental; es cierto que causa consternación y dolor un acontecimiento de esta naturaleza, y que también se requiere atender a lo que un funcionario judicial declaró: “necesitamos ponerle más atención a nuestros hijos, y tener más cuidado en lo que portan, con quién se juntan, por qué tienen acceso a todo en las redes sociales…”; son algunas recomendaciones para los padres de familia; sin embargo, no dejan de ser acciones individuales que no resuelven los problemas de fondo, dado que acontecimientos como éste tienen un profundo contenido social, que tenemos que ventilar con seriedad, para escudriñar en el problema y plantearnos verdaderas soluciones.

Es evidente que la violencia está profundamente arraigada en nuestra sociedad y cobra nuevas formas a medida que transcurre el tiempo. En ello contribuyen los medios de comunicación, la televisión, dedica buena parte de sus tiempos a transmitir programas que ponderan la violencia; también ocurre en los medios electrónicos y escritos, la inmensa mayoría tienen un alto contenido de hechos violentos; además los videojuegos y el Internet carecen de controles efectivos. Todo esto contamina fácilmente las mentes de niños y jóvenes que permanecen sin la vigilancia de los padres por muchas horas.

Es relativamente fácil pedir a los padres que deben estar al pendiente de los hijos, generar la confianza de hablar con ellos, privilegiar el diálogo, evitar resolver algún problema a través de la violencia. Sin embargo, decir a los padres que hay que poner más atención en sus hijos, no es lo que esperan escuchar. Ellos quieren lo mismo que muchos de nosotros: justicia económica y seguridad laboral, condiciones que garanticen que hechos como este no se repetirán.

En sociedades como la nuestra, en donde se privilegian los negocios y las ganancias de unos cuantos por encima del bienestar de las mayorías, no podemos pedirle a los padres que dediquen más tiempo a cuidar a sus hijos, si ambos, el padre y la madre, tienen que salir a trabajar jornadas intensas con más de 10 o 12 horas efectivas, los seis días de la semana -no las 40 horas, que alguna vez fue una conquista laboral-, con salarios precarios que apenas les alcanza para sobrevivir y prácticamente sin prestaciones, porque son contratados hasta por tres meses, por empresas intermediarias; amenazados constantemente de ser despedidos y les hacen firmar anticipadamente su renuncia para que no se atrevan a demandar por un despido injustificado; si lo hacen y lo ganan -que es lo menos probable- sólo reciben, después de un largo juicio, un año de compensación; además de aparecer en una “lista negra”. Situaciones que evidentemente generan tensiones en el seno familiar. Quienes promovieron y acordaron esas leyes laborales, que dejan sin la menor protección a las familias, dicen estar consternados; entonces, por qué promulgaron leyes que sólo sirven para que unos cuantos se sigan enriqueciendo, soslayando el bienestar de la familia y la sociedad.

¿Quién entonces es el verdadero culpable? ¿Seremos capaces de entender el fondo de esta problemática? ¿Los responsables estarán dispuestos a mejorar las condiciones económicas y laborales de las familias? Se requieren respuestas a estas interrogantes para que la sociedad se desarrolle en armonía y unidad familiar o continuaremos lamentando más hechos de violencia.

Fuente: La Prensa